Francisco García-Talavera en la biblioteca de su casa. | FOTO TATO GONÇALVES
Artículo recuperado de la revista digital PELLAGOFIO numero 73 de marzo de 2019
Entrevista; Yuri Millares
FOTO: TATO GONÇALVES
“Por historia y hasta por genética somos macaronesios, pero no tenemos conciencia de serlo”,
dice durante la entrevista en la que habla de sus últimos libros, así
como del origen de los primeros habitantes de las islas Canarias y el
poblamiento del continente americano por canarios obligados a emigrar en
los siglos posteriores a la conquista. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº 73 (2ª época, marzo 2019)].
Su último libro, Macaronesia, historias y leyendas,
comienza a distribuirse por las librerías de Canarias. Desde su paso
por el Instituto Español de Oceanografía y, después, por el Museo de
Ciencias Naturales de Tenerife, donde ha sido muchos años director y
conservador, ha participado en numerosas campañas científicas tanto en
las aguas como en la tierra firme de un espacio geográfico que se llama
Macaronesia que, con esta publicación, pretende contribuir a la
“hermandad de todos sus pueblos isleños”.
La Laguna nos recibe con lluvia y sol
como preparándonos para conocer en persona al protagonista de numerosas
campañas científicas por la cercana costa africana, la Macaronesia,
Galápagos, la Antártida… ¡qué se yo! Entre miles de libros, máscaras
africanas y otros recuerdos de viajes que sólo podemos imaginar,
escuchar a Francisco García-Talavera es visualizar tanta diversidad
cultural. Las fotos, cómo no, en su ingente biblioteca
–Un territorio al que muy pocos de sus habitantes son conscientes de pertenecer. Para empezar, ¿qué es la Macaronesia?
–Es un conjunto de archipiélagos situado en el Atlántico oriental
constituido por Azores, Madeira, las islas Salvajes (unas pequeñas islas
más cerca de Canarias que de Madeira, exactamente a 90 millas al norte
de Tenerife y a 160 millas de Madeira, pero que administrativamente
pertenecen a Portugal) y después Canarias y Cabo Verde.
–¿Qué tienen en común?
–Comenzaron a llamarse Macaronesia a partir del siglo XIX, cuando el
botánico Philip Barker Webb (coautor, junto a Sabino Berthelot, de la
magna obra Historia Natural de las Islas Canarias) empezó a
utilizar el término, apoyándose en los archipiélagos que ya habían sido
nombrados en el Pacífico como la Melanesia, la Polinesia, la Micronesia
y, en el Índico, la Indonesia. La etimología de Macaronesia es griega,
viene de makáron que significa felicidad o bienaventuranza, y nesoi, que equivale islas. Por eso Polinesia (muchas islas), Micronesia (islas pequeñas), etc.
–Entonces somos…
–Somos macaronesios, unidos por la geografía, la historia, la cultura
y hasta la genética y, como bien dices, desafortunadamente no tenemos
conciencia de pertenecer a esta región interesantísima no sólo por sus
valores biogeográficos (como la existencia de la laurisilva, que también
hubo en Cabo Verde aunque la perdió, y de otras muchas especies de
flora y fauna), sino bioestratégicos, como explico en el último capítulo
de Macaronesia, historias y leyendas, un libro escrito pensando en la población que habita en estos archipiélagos hermanos, para que nos conozcamos un poco mejor.
–¿Somos sólo islas en medio de un océano, o también una
prolongación más benigna en lo climático del gran desierto que tenemos…
al lado, delante, detrás?
–Estamos enfrente, pero no tenemos nada que ver desde el punto de
vista geológico, porque son islas surgidas de erupciones submarinas… y
también, afortunadamente, en lo climático.
–¿…Y en lo cultural, histórico, comercial?
–Desde otros puntos de vista, por supuesto que sí. Canarias es el
archipiélago más cercano, estamos sólo a 96 kilómetros desde la punta de
la Entallada (en Fuerteventura) a Tarfaya (Cabo Juby, en Marruecos).
Precisamente en una expedición a esa localidad en 1985, hablando con
pescadores de allí, aseguraban que en días muy claros veían las montañas
de Fuerteventura. Casualmente, cuando estuve en la presentación del
libro en Las Palmas de Gran Canaria [a finales de enero] vi
Fuerteventura. Nunca antes la había visto. Y estando en Fuerteventura,
isla que estuvimos recorriendo durante cuatro años un equipo científico
del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife, cuando dirigía la
elaboración de la Carta Paleontológica en un convenio entre los cabildos
de esta isla y de Tenerife, tampoco llegué a ver Gran Canaria.
–En Las Palmas hay un dicho popular que dice “si se ve Fuerteventura, lluvia segura”.
–Ah, mira. Pues eso fue hace poco, estaba el día clarísimo y le pregunté al taxista “¿eso qué es?” Y me dice: “Fuerteventura”.
–Yendo al libro, ¿qué hay de ciencia y qué hay de mitos en él?
–Más que mitos, he escogido algunas cosas curiosas de cada archipiélago,
como las monedas púnicas halladas en Azores, o los guanches llevados a
los ingenios azucareros de Madeira. En el caso de las monedas que
aparecieron en la pequeñita isla de Corvo (una de las más occidentales
de las Azores, junto con Flores: ambas que se están alejando del
continente porque están al oeste de la cordillera central atlántica y
las placas tectónicas las están desplazando hacia América; mientras que
el resto del archipiélago se está desplazando hacia el otro lado), unos
expertos numismáticos las vieron y comprobaron que eran púnicas, o sea,
cartaginesas. Hay quien no está de acuerdo, pero es muy posible que un
temporal arrastrara a alguna nave fenicia o púnica hacia el interior del
Atlántico, porque esos pueblos eran grandes navegantes y bordearon
Portugal para dirigirse al norte hacia las Casitérides en busca de
estaño. Mucho más tarde, fue así también como los portugueses
descubrieron las Azores.
–Ah, toda una casualidad.
–Muchos de los descubrimientos portugueses se debe a sus
embarcaciones y su pericia como navegantes. Tuvieron mucha influencia en
Canarias, sobre todo después de la conquista. Por eso digo que la
influencia portuguesa creó lazos genéticos en la Macaronesia. Muchos
Gómez, López y González de Canarias son apellidos portugueses
castellanizados (hay casi un centenar y medio). De Madeira y de Azores
vinieron muchos, pero también del continente: fue el principal
contingente de colonos que llegó después de la conquista, cuando la
mayoría de los conquistadores siguieron para América o regresaron a
España.

“Quienes se quedaron fueron los que ayudaron a los conquistadores aquí,
por ejemplo, los canarios (guanches de Gran Canaria) que contribuyeron a
la conquista de Tenerife y fundaron Los Realejos; también muchos
guanches de Tenerife los llevaron a Gran Canaria, en la política de
aculturación y desarraigo que se llevó a cabo por parte de los
conquistadores. La prueba lo tienes en apellidos como Tacoronte
(localidad de Tenerife), que abunda hoy más en Gran Canaria, y Oramas,
que hay más en Tenerife cuando procede de Doramas en Gran Canaria. Los
colonos que vinieron después eran, principalmente, portugueses, porque
el principal motor económico una vez acabada la conquista de Canarias
fueron los ingenios de azúcar y ellos eran grandes especialistas.
“Los portugueses descubrieron Madeira en 1419 y llevaban ya años
cultivando caña de azúcar cuando en 1483 se acabó de conquistar Gran
Canaria, después La Palma y en 1496 Tenerife, las islas más pobladas (el
archipiélago se tardó en conquistar casi un siglo). En ese lapso de
tiempo los portugueses hacían razias en Canarias en busca de mano de
obra esclava para sus ingenios en Madeira, islas que estaban muy poco
pobladas. Junto a los cautivos guanches también se llevaban ganado
(cabras). Muchos de estos esclavos se convirtieron en maestros en sus
oficios y sus hijos y nietos volvieron a Canarias tras la conquista, ya
con nombres y apellidos portugueses, con el gran contingente de
trabajadores portugueses, sobre todo de Madeira, que vinieron a los
ingenios azucareros. Otros guanches fueron empleados en Madeira y Porto
Santo como pastores. El colectivo de guanches en Madeira llegó a ser tan
numeroso que, a finales del siglo XV, representaban un problema y recibieron una orden de expulsión. Es algo que no se conoce mucho.
–¿Más curiosidades?
–Otra cosa de la que hablo en el libro es del Garoe, como llamaban al
árbol santo de El Hierro los primeros que escribieron de él (y no Garoé). Este término lo comparo con la palabra con garúa o garuja, esa lluvia muy fina que en portugués medieval se llamaba garuja,
expresión que escuché por primera vez (aunque en algunos sitios de
Canarias también se utiliza) en una expedición a las islas Galápagos,
cuando me decían “ahora es la época de la garúa”. ¿Qué garúa?, pregunté
yo. “Esa lluvia muy finita”, me dijeron. Enseguida lo asocié con el
Garoe: creo que es la primera vez que se asocian estas dos palabras que,
a mi entender, están relacionadas.
–La huella de nuestra pisada isleña y su afán como
investigador van mucho más allá del lugar donde nos ha puesto el mapa.
¿Dónde no ha habido canarios en el continente americano? Porque usted ha
llegado más allá en su búsqueda de las habituales citas de canarios en
Cuba, Venezuela, Uruguay o Florida (en Estados Unidos).
–No hay país americano donde los canarios no hayan dejado su huella.
Han estado en todos lados, lo que pasa es que los más conocidos son
esos. No es muy sabido que en Santo Domingo hay un barrio que se llama
San Carlos de Tenerife, una población cerca de la capital fundada por
canarios que llegó a tener miles de habitantes y después fue anexionada a
la ciudad. Y como esa, varias poblaciones de la República Dominicana,
Puerto Rico y otros países del Caribe. En el siglo XVIII se llevaban
canarios por orden real para repoblar territorios y contrarrestar que se
extendiera el poblamiento que, como en el caso de la isla La Española,
hacían al norte los franceses (la actual Haití). En Uruguay, Montevideo
lo fundaron familias canarias en 1724 para contener el avance de los
portugueses del sur de Brasil (Colonia de Sacramento).
–Desde algo tan simple y dramático como huir del hambre hasta
el “impuesto de la sangre”, ¿cuántas o cuáles han sido las causas que
han llevado al canario a emigrar atravesando el Atlántico?
–Esas han sido las dos causas principales. El hambre o, más bien la
escasez, es la principal, que coincide con las oleadas migratorias que
provocan los cambios de ciclo económico de los monocultivos (el azúcar,
la orchilla, el vino…). Y las migraciones forzadas por razones
estratégicas, de la que se beneficiaron también las élites canarias que
eran las que exportaban y por cada 100 toneladas de producto debían
llevar cinco familias canarias. Esa doble necesidad, repoblar y la
escasez de recursos en sus islas, llevó a los canarios a tierras
americanas.
–Si miramos en dirección contraria a la de nuestras
migraciones y mestizajes: también llegamos por mar a Canarias desde el
continente africano. ¿Cuál fue ese recorrido previo? ¿De dónde vinimos?
–Eso lo cuento en otro libro, Guanches ayer, hoy canarios.
Aunque Canarias no tiene nada que ver desde el punto de vista geológico
con el continente africano, en lo antropológico, etnográfico y
lingüístico está más que demostrado que los guanches son de origen
líbico-bereber y procedían del vecino continente. Yo llevo años
empleando ese término (y no el de bereber o amazigh solo),
porque en la época de los faraones, en el antiguo Egipto, ellos llamaban
libios a todas las poblaciones que estaba al oeste del Nilo, lo que
coincide ahora con el Magreb hasta el Atlántico, todo ese norte de
África.
“Los libios eran unos guerreros bastante importantes y sufrieron
también la necesidad de emigrar hacia el este en dirección al fértil
Nilo 4.500 años atrás por la desertización del Sahara, que hace 9.000
años era un vergel. Ramsés II que fue el que más peleó con los libios y
casi siempre les ganaba las batallas porque sus ejércitos estaban mejor
organizados y mejor armados. Pero las oleadas siguieron y consiguieron
establecerse en el norte de Egipto, llegando a haber dos dinastías
líbico-bereberes, la XXI y la XXII, que reinaron durante dos siglos. Una
relación que, en sentido inverso, podría explicar las momificaciones
entre los guanches: los que llegaron a Canarias fueron libios que se
desplazaron hacia el oeste, hacia una costa que podía ofrecer más
recursos que el interior en plena desertización.
“Mi hipótesis es que ellos llegaron por sus propios medios hace más
de 3.000 años con embarcaciones rudimentarias, al menos al principio, a
que incluía al Fuerteventura y de ahí a Lanzarote (que hace 20.000 años,
por cierto, eran una sola isla de cinco mil kilómetros cuadrados que
incluía al archipiélago Chinijo, pues el nivel del mar estaba 120 metros
más abajo en ese momento de la última glaciación, que cubrió el norte
de Europa bajo un casquete de hielo de dos kilómetros de espesor). Y
desde estas islas pasaron, sucesivamente, a las otras en un primer
poblamiento. Inscripciones líbico-bereberes hay en todas las islas, que
es el tifinagh que evolucionado utilizan ahora los tuaregs.
–Terminamos, un recuerdo dulce entre tantas expediciones y viajes.
–Tengo muchos, pero un recuerdo dulce y emocionante para mí ocurrió
en Uruguay, cuando en Montevideo, invitado por la Sociedad Islas
Canarias, di una conferencia sobre las relaciones de Canarias con
América y la fundación de Montevideo, a la que fue mucha gente mayor:
ver a aquellas señoras tan receptivas y emocionadas, con lágrimas en los
ojos, me conmovió. El canario, cuando está fuera, siente una añoranza
muy grande y cuando piensa en su tierra se emociona. Pues yo sentí eso.
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Revista digital Pellagofio